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Nos lo buscamos, ¿verdad?



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Fecha: 12/03/2024 Por: Manuel Rivera S

Desordeno letras en Yucatán, sitio que puede resultar amenazante para quienes ven cómo se derrumba su ilusión de provenir de capitales de acero y concreto confundidas con los templos de los dioses del poder económico, fantasía abatida por saberse en la cuna de una civilización cuyas aportaciones tan solo a las matemáticas y astronomía son motivo de orgullo para la especie humana.

Tanta supuesta sesudez —característica perseguida por mi malogrado “aspiracionismo” intelectual— saca desde el fondo de mi memoria el recuerdo de una aventura que tuve en mi juventud, que en su momento comparé con las que vivían los protagonistas arios de alguna serie televisiva de Disneylandia, personajes que salían ilesos de toda clase de amenazas.

Hoy entiendo que ese episodio podría servir para comparar la política y sociedad actuales con la de ayer.

Acampaba con unos amigos en Puerto Escondido, Oaxaca, en ese entonces población de pescadores, anfitriona de unos cuantos turistas de aventura y eventuales seguidores de María Sabina. Ahí uno de los miembros del grupo propuso con suficiencia viajar de aventón a la Laguna de Chacahua, al fin y al cabo, “estaba apenas a unos 20 minutos en vehículo de motor”.

La realidad es que estábamos a más de una hora de ese lugar, lo que poco hubiera importado si nuestro guía hubiera sabido decirle dónde debíamos bajar a la persona que nos trasladaba en una camioneta.

Pronto dejamos el ambiente de la costa y nos encontramos transitando en una solitaria y sinuosa carretera en la que con el paso del tiempo tomamos la mejor decisión: continuar a bordo de la pick up.

Los 20 minutos pronosticados se convirtieron en casi tres horas de camino que terminaron en pleno centro de Pinotepa Nacional, donde atrajimos miradas no por bien parecidos, sino por ponernos pantalones y camisetas en la vía pública, dado que viajábamos en traje de baño.

Ya medianamente vestidos conforme a las normas, nos encontramos con la celebración de un banquete bajo los arcos del centro de la ciudad, uniéndonos a los espectadores que en situación de evidente precariedad veían desde el sol comer y beber sin limitaciones en la sombra.

 Nos encontrábamos atestiguando tan severa división cuando un comensal nos dirigió la mirada y levantó una botella de cerveza en actitud de brindis, a lo que, ni tardo ni perezoso, nuestro fallido guía respondió que no teníamos con qué acompañarlo. Poco después compartíamos una mesa con el alcalde.

Por nuestra apariencia y conversación, entendimos luego que fuimos confundidos con periodistas y que ese día era el del informe, fecha en la que se había registrado un hecho poco común en la época: la interpelación al presidente municipal en plena ceremonia.

Ajenos al hecho, conversamos durante horas en la mesa principal y divertidos nos sumamos a las porras a favor del alcalde, en las que aprovechábamos el griterío de la muchedumbre para corear versiones libres no precisamente de apoyo.

Tras despedirnos al obscurecer, nos acompañó una persona que suponíamos nos encaminaba a la terminal de camiones, pero que tomó una apartada vereda que me hizo sospechar de sus intenciones. Por miedo, más que por espíritu de líder, detuve la marcha, agradecí la compañía e instruí a mis amigos cambiar el rumbo. La reacción de nuestro acompañante fue imperativa: “el presidente me ordenó llevarlos con las muchachas”.

Hasta la concupiscencia se hace a un lado ante el instinto para sobrevivir. Ignoramos las órdenes del asistente del alcalde y nos dirigimos a la estación de los autobuses Flecha Roja, encontrándonos con las instalaciones cerradas y el aviso de que la siguiente corrida sería hasta las cinco de la mañana.

Tratamos de dormir en una parada del transporte público, lugar donde debimos de fingir que realmente dormíamos cuando dos sexoservidoras se acurrucaron con nosotros, comentando entre ellas que ahí se protegerían de quien las perseguía.

Pocos minutos después de que ellas se retiraron, desde una camioneta salieron un par de detonaciones, avisos para nosotros o festejo de trasnochados.

Sin más averiguaciones, nos dimos a la tarea de pedir refugio al velador de la línea de camiones, lo que afortunadamente logramos.

Cuando 24 horas después llegamos al campamento, todas nuestras pertenencias estaban en su lugar.

¿Qué cambió o sigue igual?

riverayasociados@hotmail.co

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